Influencias

Evita Vive de Néstor Perlongher

Editorial Eloísa La Cartonera.

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(7 Mayo 1919 – 26 Julio 1952)

Colección Santa Edita. Diego Kehrig Editor

“Hay un brillo asesino en sus ojos”: la historia de las gemelas que inventaron su propio lenguaje

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Las hermanas no se comunicaban con el mundo, provocaron incendios y robaban. Pero también se asfixiaban entre ellas

June y Jennifer Gibbons eran gemelas idénticas, dos gotas de agua que andaban a la par. Ninguna se lanzaba a dar un paso sin que la otra hubiera iniciado la zancada. Las dos eran una.

Tal era la compenetración entre las hermanas Gibbons que, un buen día, sucedió lo que ellas consideraban inevitable: decidieron callarse, comunicarse solo entre ellas.

Decidieron que que no volverían a hablar con el resto del mundo y para tal fin crearon un lenguaje propio. La intención era clara: imposibilitar a los extraños acceder a la locura de su microcosmos. Pronto pasaron a ser conocidas como ‘The Silent Twins’. Las gemelas silenciosas.

The Silent Twins es también el título del libro en el que Marjorie Wallace, periodista del Sunday Times, narra cuál fue la historia y el desenlace de esa enfermiza unión que empujaba a las gemelas Gibbons a desligarse de la realidad.

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Jennifer Gibbons

Las dos hermanas nacieron el 11 de abril de 1963 en Barbados, una isla en medio de Caribe. Cuando eran unas niñas, a su padre le destinaron a Gales y el cabeza de familia pensó que todos tendrían una mejor vida en el país británico. Así que hicieron las maletas y se trasladaron a Haverfordwest, la ciudad donde su progenitor iba a trabajar como técnico de las fuerzas aéreas del país. Las gemelas pasaron a vivir en una ciudad grande, pero poco acostumbrada a los extranjeros. Eran dos niñas negras en una localidad de blancos.

June y Jennifer siempre habían tenido gestos que los demás veían como extraños, pero el hecho de sentirse observadas les hizo cerrarse en banda todavía más. Jugaban solas, empezaron a inventar su idioma, escogieron actuar como si una fuera el espejo de la otra y las burlas y el acoso que recibían servían para intensificar su aislamiento. En su mundo solo entraban las dos y la literatura, y cuando las separaban para tratar cómo podía solucionarse su problema de sociabilización, respondían cayendo en un estado catatónico.

Tenían 14 años cuando empezaron con los juegos macabros y 16 cuando escribieron sus primeras novelas tétricas en las que había sexo, drogas y violencia. Pero entre sus argumentos oscuros también se dedicaban mensajes mutuamente y ese relación idílica de ambas se revelaba también como un infierno en sus diarios personales.

Nadie es capaz de sufrir como yo, no con una hermana. Con un marido es posible; con una mujer, también; con un hijo, también; pero esta hermana mía es una sombra negra que me está robando la luz del sol. Ella es mi único tormento… Ella quiere que seamos iguales pero hay un brillo asesino en sus ojos. Dios mío, tengo miedo de ella. No es normal… alguien la está volviendo loca. Soy yo.

Sus textos no triunfaron y optaron por enfrentarse al mundo. Robaban y provocaban incendios, pero también hacían explosionar su microcosmos y se ahogaban la una a la otra.

Nos hemos convertido en enemigos mortales en los ojos del otro. Podemos sentir los irritantes rayos mortales que salen de nuestro cuerpo, el escozor de la piel de la otra. Me digo a mí mismo si puedo deshacerme de mi propia sombra, ¿es posible o imposible? Sin mi sombra, ¿moriría? Sin mi sombra, ¿ganaría una vida? ¿Sería libre y me dejarán morir? Sin mi sombra, la que identifico con una cara de la miseria, de engaño y de asesinato.

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June Gibbons

Los tribunales las condenaron por todas sus actos delictivos y las confinaron en un hospital de alta seguridad para enfermos mentales. En ese centro pasaron los siguientes once años y no cesaron sus comportamientos peculiares a pesar de las altas dosis de medicación.

Las Gibbons se siguieron amando y detestando a la vez, pero se mantenían unidas distancias del mundo. El centro, ante su rebeldía, decidió internarlas en habitaciones completamente alejadas y las gemelas respondieron desafiando a la autoridad. A menudo los enfermeros las encontraban en sus cuartos separados, en posiciones estáticas en las que permanecían horas como si estuvieran congeladas.

Tuvo que pasar largo tiempo hasta que comenzaron a relacionarse con el personal del hospital y se las trasladó a otro centro de más baja seguridad al mostrar mejoría. Allí es donde las gemelas decidieron que solo podría salvarse una si moría la otra.

En 1993, a sus 31 años, las gemelas el confesaron a Marjorie Wallace, la periodista que llegó a conseguir ser parte de aquella compleja relación, que una debía de dejar de respirar para que la otra pudiera tomar aire en el mundo real.

Aquel círculo de dos las asfixiaba, a ambas. Jennifer, con una taza de té entre las manos, le espetó a la periodista: “Marjorie, voy a tener que morir. Es lo que hemos decidido”.

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No se envenenó, ni cortó las venas. Tan solo colocó la cabeza en el regazo de su hermana. O al menos eso declaró June. Pero murió.

Los médicos establecieron que había muerto de una miocarditis aguada, una inflamación mortal del corazón. En su lápida se lee:

Una vez fuimos dos. Las dos fuimos uno. Nunca fuimos más de dos. Una a través de la vida. Descansa en paz.

June comenzó su vida en sociedad. Pocas semanas después de su puesta en libertad, le dijo a Wallace: “Al fin soy libre”.

Del psiquiátrico. Y de una hermana que estuvo a punto de devorarla.

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Diario Noticias, noviembre 1973

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Mi crimen es lo suficientemente grande como para que yo tenga que hablar por él 

  

COMPAÑÍA DE NÚRIA ESPERT. SANTA CRUZ DE LA PALMA, 21/05/1970

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Fuente: BIBLIOTECA NACIONAL DE ESPAÑA

LA VISITA OPORTUNA

Daniel_Defert_par_Claude_Truong-Ngoc_février_2015Daniel Defert (10 de septiembre, 1937) es Presidente fundador de AIDES, primera organización de sensibilización sobre el sida en Francia. Creó esta organización después de la muerte de su pareja, el filósofo Michel Foucault.

“Es feo ser digno de castigo, pero poco glorioso castigar” MICHEL FOUCAULT

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“No pretende ser una obra de arte, sino un documento” DR. PEDRO ARA ANTE SU OBRA

  

7 de mayo: Cumpleaños de Eva Perón

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La biblioteca desatada de Paquito Jamandreu

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“La cabeza contra el suelo” de Paco Jamandreu. Editorial Caballo Negro, 2014.

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Cada mañana ante el espejo verás reubicarme en tu rostro. Fortalecer nuestro plan.

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COPI 3

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Eva Perón, El homosexual o la dificultad de expresarse, Las cuatro gemelas.
Editorial El Cuenco de Plata

La envidia y el resentimiento no me tocan, ni siquiera me rozan. Mi túnica de Fedra barre majestuosa el suelo que piso.

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Soy la Señora en sus vestidos, en sus cinco envidias.

Cuadro 1

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Le Mans, Francia. 1933

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TUBE BOITE GARDENAL Années 1950 – Etat: TB 11 mm X 64 mm n° 1076 à l’extrémité Société Parisienne d’ Expansion Chimique

GARDENALCONTRAINDICACIONES
Hipersensibilidad al fenobarbital, porfiria intermitente aguda, trastornos renales o hepáticos severos, intoxicación aguda por drogas quitente aguda, trastornos renales o hepáticos severos, intoxicación aguda por drogas que actúen sobre el SNC, lesión grave del miocardio.

“Bernard tragó con algunas náuseas una especie de puré blanco. Experimentó una sensación de reposo por primera vez en varias semanas, un sentimiento de relax y casi de felicidad. El gardenal lo borra todo. Como un soplo sobre las flores de nieve” LA CONSPIRACIÓN, PAUL NIZAN

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Paul-Yves Nizan (1905 – 1940) Filósofo y escritor francés.

Don Juan, Staatsballet Berlín

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Ballet: Giorgio Madia Música: Christoph Willibald Gluck Diseño de escenario: Cordelia Matthes


Casi 3 millones de personas durante 16 días

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26 de Julio de 1952: MUERTE DE EVA PERÓN

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Millie-Christine tenían dos corazones y dos cerebros. Cada una podía mantener una conversación con una persona diferente

1979743_519267444856449_821623280_nMillie-Christine McKoy nacieron el 11 de julio 1851. Sus padres eran esclavos pertenecientes a Jabez McKoy, dueño de una plantación ubicada en el condado de Columbus, Carolina del Norte.

Las gemelas estaban unidas por la parte baja de la espina dorsal y tenía una pelvis. Tuvieron dos cuerpos superiores y dos pares de brazos y piernas. Cada conjunto de brazos eran sensibles únicamente a Millie o Christine, pero sus piernas eran sensibles a los dos.

Sus cerebros funcionaban independientemente uno de otro. Pensaban en sí mismas como una persona, y con guión en medio de su nombre reflejaban esta creencia.

Probablemente fue su madre, Monemia, quién comenzó a llamar a las niñas por un nombre, y a la otra como la “hermana”. Pero hacía referencia a Millie-Christine como su hija, y no como a sus hijas.

 

“Todavía hay mucho por hacer. Todavía hay muchos que sufren”

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ESCOLÁSTICA PERONISTA ILUSTRADA

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Carlos Godoy

Ilustraciones: Daniel Santoro

Editorial Interzona

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“BIG BANG” de SEVERO SARDUY

Pulqui, un instante en la patria de la felicidad

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EL DOCUMENTAL SOBRE EL AVION PERONISTA
En los años ’50, Juan Domingo Perón quería un avión que fuera capaz de competir con el norteamericano Sabre F 86 y el soviético MIGG 15. La nave se llamó Pulqui y el proyecto quedó trunco con el golpe del ’55. Pero en el documental Pulqui, un instante en la patria de la felicidad, de Alejandro Fernández Mouján, el avión peronista tiene una segunda oportunidad de la mano del artista plástico Daniel Santoro y el ingeniero y metalúrgico Miguel Biancusso, que lo reconstruyen a escala para revivir una épica peronista.

Dúo Final

Nacha Guevara – Rodolfo Valls

“EVA”

de Pedro Orgambide y Alberto Favero

Teatro Maipo, 1986

La Señora en sus vestidos. En sus cinco envidias.

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MUESTRA COLECTIVA EN EL MUSEO EVITA

Los artistas participantes son: Daniel Santoro, Nicolás García Uriburu, Juan Maresca, Nora Patrich, Eduardo Iglesias Brickles, Omar Panosetti, Eva Álvarez Rodríguez, Ponciano Cárdenas Canedo, Gabriel Miremont, Juan Carlos Bolea, Rodolfo Campodónico, Joaquín Molina, Tiziano Fabris, Nora Iniesta, Pastor Barrios Herrera, Daniela Jozami, Gladys Abitante, Adriana Lasarte, Elba Falcón, Miguel D’Arienzo, Ana Rosa Giovanetti, Carlos Azulay, Susana Arias Cuenca, Andrés Siena, Cristina Arraga, Facundo Zuviría, María Chapur, Guillermina Grinbaum y A. Vigilante.

http://www.cultura.gob.ar/agenda/muestra-colectiva-en-el-museo-evita/

El interpretador, revista literaria

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Hay una escena fundante en la vida de David Viñas que inaugura la fascinación por el enigma de Evita: un instante de encuentro entre un joven fiscal de 22 años y la esposa del presidente de la Nación. Era el 51, en las primeras elecciones en que votaban mujeres, David Viñas, por pedido de su padre que era candidato, accede a ser fiscal por el partido radical para ir a tomarle el voto a Eva Perón mientras yacía internada, meses antes de su muerte, en un hospital de Lanús. Viñas cuenta en una entrevista del año 2007 cómo recuerda la escena y refiere la salida con la urna en la que estaba depositado el voto de Eva como un momento sacro:

“el vigilante que llevaba la urna, era como si estuviese conduciendo al santísimo. Hicimos un gran travelling de retorno, y en los corredores, por todas las puertas, se asomaban médicos, enfermeras, pacientes, para ver pasar la urna. Pero lo más importante: cuando llegamos a la planta baja, continuaba la lluvia intensa, y allí, sin embargo, había una cantidad de viejas peronistas, con pañuelos blancos en la cabeza, que arrodilladas, estiraban el brazo para tocar la urna con la mano. Era impresionante. Lo que era y continúo siendo el peronismo: arriba, la gran cúpula burocrática; abajo, la gente, la pequeña gente.”

Tim Walker

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“NADIE ME MALTRATÓ NI ME QUISO TANTO COMO EVITA”

POR AURORA VENTURINI ESCRITORA. SU ÚLTIMO LIBRO ES “EL MARIDO DE MI MADRASTRA”. FUE AMIGA DE EVA PERÓN Y TRABAJÓ CON ELLA EN LA FUNDACIÓN

Pasional, incansable, controladora. Así fue la mujer que produjo el giro copernicano de la política argentina. A los 89 años, una de las profesionales que trabajó con ella –y que luego debió exiliarse por las torturas que le infligió la autoproclamada Revolución Libertadora– habla de la intimidad detrás de la figura de Evita, desde cómo conseguía un padre adoptivo para un chico hasta su gusto por los chistes sobre el propio Perón.

01/09/12

No sé si podré soportarla… Eso pensé cuando me dijeron que trabajaría con ella. Fluía de Evita algo especial y extraño. En el momento en que ella aparecía, todo lo demás se eclipsaba. Pero a la vez era autoritaria: había que hacer las cosas como ella las decía y para ya, si no se enojaba.

No sé si podré soportarla… Eso sentí también después del deslumbramiento inicial ; yo había quedado fascinada como si hubiera visto a varias personas a la vez, la de acá, la terrenal, y la de otro lado, más sobrenatural. Comenzaba el ciclo escolar y había que testear a los alumnos del Instituto de Minoridad. Elena Caporale, esposa del gobernador de la provincia de Buenos Aires, Domingo Mercante, me envió a la Fundación Eva Perón, porque necesitaban una psicóloga que aplicara los tests sobre vocación y capacidad mental, y yo conocía bien el Rorschach, de las diez reveladoras láminas manchadas.

Elena susurró: “Hoy tiene un día espantoso”. Yo pensé: “No sé si podré soportarla”. Entonces sus ojazos redondos y algo melancólicos se posaron en mí y dijo: “¿Qué pasa por ahí?”. Estuve a punto de responder: “ Pasa el pánico , la confusión, la esperanza de conocerla, el temor a no querer hacer todo”.

–“Vamos, vamos”, apuró.

La seguimos hasta un recinto conectado con un patio exterior, repleto de seres anhelantes, golpeados.

Se acercó la celadora: –Señora, la abuela dice que la sopa no le gusta.

–¿Es tu abuela?

–No, señora.

–¿No tiene nombre?

–Sí, se llama Águeda.

Evita probó la sopita de cabello de ángel, expresando, entusiasta, queestaba riquísima . Y Águeda la sorbió, del todo de acuerdo. Continuamos por largos corredores donde había algunos niños a los que les preguntaba: “¿Dónde está el osito que te regalaron ayer? ¿Y la bici? ¿La muñeca con la medalla de la Virgen?” Así todo el día, todos los días… Y me di cuenta de que aunque hubiera días que terminaba exhausta, sí, iba a poder soportarla .

A la Fundación llegaba a las ocho de la mañana y se iba a las cuatro del día siguiente. Las piernas se le hinchaban, se sacaba los zapatos debajo del escritorio y quedaba descalza.

Yo no era la única psicóloga en la Fundación, pero ella me distinguía porque me formé con Béla Székely, un doctor en psicología rumano que trajo toda la batería de tests en la que yo me especialicé. Le resultaba útil para trabajar con los chicos más dotados. A Evita, la psicología no le interesaba para nada, le gustaban las cosas directas. Los tests eran una excepción, no sé por qué. “ Son todas paparruchadas ”, solía decir sin importarle lo que yo pensaba. Nunca le importó lo que pensaban los demás.

Tenía una hermosa dicción pero le faltaba letra. Por eso digo que ella era un milagro: una chica común , igual a tantas, que se encendía hasta transformarse en alguien absolutamente excepcional en contacto con el pueblo. Pero había que verla de cerca, en el trato diario, podía serinsoportable de tan inmediata . Cuando me decía a mí o a otros “esto lo quiero para mañana”, había que tenerlo listo porque si no se le escapaban insultos gruesos, descargaba toda su rabia en el que tenía adelante, le saltaba la bronca. Era difícil estar con ella en esos momentos. Después, la entendí: se le acababa el tiempo, estaba muy apurada.

Yo creo que siempre supo lo que le pasaba. El doctor Ivanissevich le dio el diagnóstico, le dijo que tenía cáncer . Ella le gritó: “¡No! No tengo tiempo” y le cruzó un carterazo en la cara. La cartera tenía un adorno de bronce que lo lastimó mucho. Salió estupefacto e indignado.

Después de los ataques de ira, se quedaba callada. En realidad, no le gustaba mucho hablar. Seguía el dogma de Perón: “Mejor que decir es hacer y mejor que prometer es realizar”.

Las órdenes antes que el diálogo . Y se comportaba como una dueña, una dueña especial porque trabajaba para los pobres.

Aunque no lo parecía, teníamos una relación de mucho respeto, ella me tuteaba; yo no, nunca pude. Para mí era un ser extraordinario, único y no lo digo para obtener algo, al contrario, perdí todo por ella . En el 55, me echaron de todas partes, me hicieron de todo, me rompieron el alma. He pagado muy caro haber sido tan “yunta” con Evita. Lo pagué pero valió la pena.

Me maltrataba, cada dos por tres. Me decía “mocosa de no sé cuánto” o iba directo al grano: “me buscás esto, me traés lo otro”. Todo el tiempo marcándonos el paso, su necesidad de ayudar era sobrecogedora. La gente salía corriendo a cumplir sus mandatos. Sin embargo, nunca le tuve miedo, lo mío era una admiración espantosa , sin límites. Y lo de ella, una generosidad monstruosa, monstruosa consigo misma porque lo entregaba todo.

Salía al balcón sin saber lo que iba a decir –yo le ofrecí escribirle los discursos pero ella se negaba–. Se asomaba y podía verle un temblor de posesión, cómo se estremecía y yo y la gente nos estremecíamos al escucharla. Jamás he escuchado nada igual. Cuando terminaba quedaba agotada, hasta parecía más flaca, demacrada, sufría un desgaste de amor. Para salir al balcón, se ponía algunas joyas que le regalaban y al regresar decía “ voy a desensillar ”. Se comportaba como una mujer de campo porque lo era y quería seguir siéndolo. Usaba muchas expresiones rurales y le encantaba esa vida.

A diferencia de sus hermanas –maestras, y una contadora– Evita fue la única que no quiso cursar el secundario. Me contaba doña Juana, su mamá, que se escapaba de la escuela y se iba a pasar las tardes con los indios que quedaban en Los Toldos, les organizaba quermeses y rifas, bailaba folclore con ellos. ¿Por qué hacía eso? Yo creo que se sentía poseedora de un mandato divino aunque fuera incapaz de explicarlo. Decía: “No sé qué me pasa, por qué hago las cosas que hago” y yo la entendía porque a mí me pasa lo mismo cuando escribo. En los ratos que le dejaban los apuros, charlábamos mucho, como amigas.

Su mayor satisfacción eran los chicos de la Fundación que se recibían de algo. Había un fondo reservado para los más dotados, así conseguimos que se graduaran muchas maestras, abogados, un escribano . A esos chicos, en lugar de mantenerlos en institutos de menores, los pasábamos a pensiones. Lo hacíamos en secreto con el director de la escuela secundaria adonde iban.

A veces, hasta “construía” familias un poco obligadas, con tal de ayudar. Recuerdo una vez que me pidió: “Para mañana, traeme al sujeto . Debe ser solo, sin mujer ni hijos”. Me desesperé en la búsqueda, hasta que di con un empleado de maestranza de uno de los institutos. Le pregunté al hombre: “¿Quiere conocer a la Señora?”. El tipo no cabía en sí de la alegría. Estaba exultante. Al día siguiente, supo de qué se trataba: Eva quería que adoptara a un adolescente muy inteligente. Necesitaba su apellido, que le firmara los papeles, legalizar la situación del chico. “Vas a ser su padre”, le dijo al hombre. La maniobra le dio resultado; el muchacho se graduó en Letras y fue un poeta reconocido de la generación del 40.

Otra vez apareció por la Fundación una chica que había sido embarazada por un teniente del Ejército, hijo de un militar importante. La chica lloraba… Algunos le dijeron a Evita “Tené cuidado, que el padre es un tipo importante ”. Me hizo llamarlo y el teniente vino enseguida. Ella le preguntó: “¿Vos sos el padre de la criatura que va a tener?” El le contestó que sí. “Bueno –dijo Eva–, se casan ya mismo ”.

En los días en que estaba de buen humor le encantaban los cuentos. Me decía: “Vos que sos psicóloga, contame un cuento alegre”. “Ah, los psicólogos”, decía Evita, “siempre le buscan la quinta pata al gato”. A veces aprovechaba y me pedía “contame un chiste de Perón”, “Pero mire que a él no le gustan”, respondía yo; “no importa, contame”. Y yo le contaba: “Dicen que había una roca en Mar del Plata y el mar se la llevó. Y entonces pusieron un cartel: ‘ Perón cumple : ampliación del océano Atlántico’”. Ella sonreía, asintiendo.

Cuando la conocí, era una muchacha que adoraba reírse pero después fue perdiendo el humor y la invadió esa tristeza profunda por culpa de la enfermedad. Ella supo ser alegre y, al mismo tiempo, muy rabiosa . Y también llorona, si daba el caso.

Me acuerdo del chico de las moscas. Yo la había acompañado a una recorrida por las barriadas pobres. Por entonces, las villas eran buenas, se podía entrar, no había violencia, sólo pobreza, mucha pobreza. Se nos acercó un chico que tenía la cabecita completamente negra… eran moscas .

Evita no se contuvo y se largó a llorar, después pidió que lo lleváramos al hospital donde se curó, pero a ella nunca se le fue la impresión. Esas cosas le daban una rabia inmensa, se volvía loca.

Nunca habló de su pasado de actriz delante de mí. Yo creo que era porque vivía actuando su gran papel, el mejor que le tocó en la vida. Asumía la pose de una gran oradora , sin embargo había leído muy poco, pero la pasión le salía de adentro. De lo poco que leyó, recuerdo que le gustaba mucho la poesía de Bécquer, ese romanticismo cursi de la época.

En 1947 viajó a Europa. Perón le puso una señora que le enseñaba buenas maneras, el protocolo que le dicen, y ella se lo aguantó pero me confesaba que cuanto más le enseñaban, más ganas de marranear le daban. “Marranear”, le salían esas ocurrencias…

Tenía una voluntad férrea y un carácter ingobernable, pero si era necesario, se aguantaba cualquier cosa que hubiera que hacer o que Perón le pidiera, hasta usar esas joyas pesadísimas que nunca le interesaron. Como jugando, organizó un día de elección de anillos. Puso todos los anillos que tenía en una gran caja redonda y llamó a las chicas más cercanas, las que trabajábamos con ella, para que nos los probáramos . Una señora tímida agarró uno chiquito, y ella le dijo con pena “no agarraste el que te gustaba”.

Curiosa manera de relacionarse, no sabía ni quería ser sociable, quizás por impaciente. No obstante, mienten quienes dicen que estaba sola con una enfermera cuando se murió. Me consta, porque los he conocido a todos, que Evita era muy familiera con su mamá y todos sus hermanos, incluso con los Duarte, con quienes también se trataba. Las hermanas la adoraban. Muchas veces, cuando yo iba a visitarla al sanatorio, encontraba a su mamá con ella. Doña Juana iba y se sentaba junto a la cama y le decía: “Por culpa tuya estás así, que no te has dado tregua para nada”. Y ella, sin hacerle caso le contestaba: “Levantá las piernas, ponelas arriba de la cama”. Ya sobre el final, una vez le dijo: “Mamá, ¿por qué Dios no me da un recreo ?” No daba más.

Tuvo una vida tan fugaz y tan intensa que cuando pienso en ella me parece un sueño. Yo conté con el privilegio de su rara amistad y les aseguro que nunca nadie me maltrató tanto ni me quiso tanto como Eva Perón.

http://www.clarin.com/sociedad/Nadie-maltrato-quiso-Evita_0_766123543.html

 
 

CHIHARU SHIOTA

http://www.chiharu-shiota.com

“MÓNICA DEL RAVAL”

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MUJER-CUCHARA, 1926

ALBERTO GIACOMETTI

Concebida en el Museo del Trocadero, París

NO SIGO UNA CRONOLOGÍA ESTRICTA DE LOS HECHOS SINO EL DESORDEN COHERENTE DE LA MEMORIA

Juan Goytisolo.

DICIEMBRE

 

Yo soy ese niño de cara redonda y sucia

que en cada esquina os molesta con su

can you spend one quarter?

Yo soy ese niño de cara sucia

-sin duda inoportuno-

que de lejos contempla los carruajes

donde otros niños emiten risas y saltos considerables.

Yo soy ese niño desagradable

-sin duda inoportuno-

de cara redonda y sucia que ante los grandes faroles

o bajo las grandes damas también iluminadas

o ante las niñas que parecen levitar

proyecta el insulto de su cara redonda y sucia.

Yo soy ese niño hosco, más bien gris,

que envuelto en lamentables combinaciones

pone una nota oscura sobre la nieve

o sobre el césped tan cuidadosamente recortado

que nadie sino yo, porque no pago multas, se atreve a pisotear.

Yo soy ese aireado y solo niño de siempre

que os lanza el insulto del airado niño de siempre

y os advierte: si hipócritamente me acariciáis la cabeza

aprovecharé la ocasión para robarles la cartera.

Yo soy ese niño de siempre

Ante el panorama del inminente espanto.

Ese niño, ese niño,

ese niño que corrompe el poema con su nota naturalista.

Ese niño, ese niño,

ese niño que impone arduos y aburridos ensayos

y hasta novelas, aún más aburridas, sobre “los bajos fondos”.

Ese niño, ese niño,

ese niño de cara airada y sucia que impone arduas y siniestras revoluciones

para luego seguir con su cara aún más airada y sucia.

Ese niño, ese niño,

ese niño ante el panorama siempre inminente

(solo inminente)

del inminente espanto, de la inminente lepra, del inminente piojo,

del delito o del crimen inminente

Yo soy ese niño repulsivo

que improvisa una cama con cartones viejos

y espera, seguro, que venga usted a hacerle compañía.

(Nueva York, octubre de 1983)

VOLUNTAD DE VIVIR MANIFESTÁNDOSE

de REINALDO ARENAS

Kermesse

 

 

 

Auditorio del Partido Comunista Francés.

Construído por Oscar Niemeyer.

París.

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CINCO EVITAS

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1952

*

DOPPELGANGER

Doppelgänger  es el vocablo alemán para definir el doble fantasmagórico de una persona viva.

La palabra proviene de doppel, que significa “doble”, y gänger, traducida como “andante”.

Su forma más antigua, acuñada por el novelista Jean Paul en 1796, es Doppeltgänger, ‘el que camina al lado’.

El término se utiliza para designar a cualquier doble de una persona, comúnmente en referencia al “gemelo malvado” o al fenómeno de la bilocación.

NACHA GUEVARA

EVA, el gran musical argentino

Libro: PEDRO ORGAMBIDE – NACHA GUEVARA

Música: ALBERTO FAVERO

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LAS DAMAS DE BENEFICENCIA

Teatro Maipo, 1986

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ULTIMO DISCURSO

Montaje para televisión, 1986

RODOLFO WALSH

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Rodolfo Walsh lee “ESA MUJER”, parte 1

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Parte 2

NO QUEDABAN FLORES EN LA CIUDAD

“Mi crimen es lo bastante grande, como para que yo diga lo que es” CHRISTINE PAPIN

DANIEL SANTORO.

SANG-FROID

Las Doncellas Diabólicas

 Las hermanas Papin: un crimen que conmocionó el Paris de los años treinta.

Ambas asesinaron a las señoras de la casa dónde servian. No sin antes inflingirles terribles torturas.

Un relato realmente horripilante …
LA FECHA ERA UN 2 DE FEBRERO DE 1948

El señor René Lancelin, abogado de justificada fama y residente en la ciudad de Le Mans en Francia terminaba su diaria labor. Los papeles de juicios pasados y resueltos eran amontonados meticulosamente en los archivos por su secretaria. René Laneelín tenía fama por su capacidad profesional.  De cada cien casos llevados en su bufete, noventa y cinco eran victorias para él.

René Lancelín se encontraba en una magnífica posición económica. Las cuentas de ahorros en diversos bancos eran amplias y de muchas cifras. Sus dividendos eran invertidos en propiedades de buen usufructo. Todo lo cual le permitía ir acumulando una verdadera fortuna. Vivía con su esposa Jeannete y una hermana de ésta.

El matrimonio, ya en su cuarentena avanzada no había tenido hijos y habían perdido la esperanza de lograrlos. Por eso vivía con ellos la más joven de las hermanas de Jeannette Lancelín, llamada Esther.

El matrimonio poseía una sólida casona colonial en una de las calles más céntricas de la ciudad. Una de las pasiones del abogado Lancelín era el atesoramiento de obras de arte. Era su pasión favorita y casi todas las tardes, cuando terminaba su trabajo, partía en busca de diversas tienduchas ubicadas en los barrios más lejanos de la ciudad en busca de tesoros escondidos.

Generalmente tenía suerte y aquella tarde en especial pensaba en su pasatiempo. Había ganado un juicio delicado, costoso y largo que llevara varios meses en la Corte. Se sentía satisfecho consigo mismo y deseoso de brindarse una pequeña recompensa. Muy lejos estaba el abogado Lancelín de la realidad que le esperaba aquella horrible tarde. La realidad de un hogar deshecho y de un crímen de increíble brutalidad … en su propia casa.

Pero remontémonos un poco en el pasado. Jeannete Lancelín padecía de fuertes dolores de cabeza. Los médicos lo habían diagnosticado como nervioso y le recetaron que descansara muchas horas al día con compresas de agua helada en la frente. Esto hizo que tomara los servicios de dos criadas. Generalmente los trabajos de su hogar eran realizados entre ella y su hermana Esther. Pero, consintiendo a los requerimientos de su marido, preocupado por su salud, la señora decidió buscar servidumbre. Poco tiempo tardó en conseguirla.

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Colocó un anuncio en los periódicos. Aquella misma tarde recibió la visita de dos hermanas que lucían como gemelas. Se trataba de las hermanas Lea y Christine Papin, ambas campesinas francesas recién llegadas a la ciudad. Uno de los requisitos indispensables que la señora Lancelín pedía en su anuncio eran las “referencias.” Desgraciadamente, las hermanas Papin carecían de referencias. Esto hizo que en la entrevista la buena señora se mostrara indecisa en colocarlas.

Fue entonces que Lea, la mayor de las dos hermanas con 18 años tocó un punto flojo en su alma. Un punto que le costaría la vida. “Señora, somos honradas campesinas y decentes, necesitamos el trabajo para ayudar a nuestros padres” -dijo Lea-. La señora Jeannette Lancelín había sido una campesina acomodada ella misma. Tuvó la suerte de ser enviada a la Universidad mediante los ahorros de sus padres. Allí conoció al que, actualmente era su esposo. Sus recuerdos de campesina y su alma sencilla y buena se conmovieron ante la sinceridad de las hermanas Papin.

Ambas quedaron colocadas. La otra Papin se llamaba Christine y tenía apenas 16 años. Ambas eran tan parecidas y de tan idéntica constitución física que, en muchas ocasiones, fueron tomadas por hermanas gemelas. De ésta forma entraron las “Doncellas Diabólicas” en el hogar de los Lancelín.

“¿Para qué dos … ? Con una basta” diría más tarde el abogado. “Querido, entre las dos cobran el salario de una. Son campesinas y decentes” argumentaba su bella esposa. El abogado Lancelín no tenía la costumbre de oponerse a los deseos de su querida conyuge, y mucho menos ahora que se encontraba enferma. Incluso él mismo se culpaba de su estado físico debido a que eran incapaces de tener familia.

“Sentí algo extraño, un presentimiento en mí desde que las ví …” diría tiempo después el abogado en el juicio. Pero ya era muy tarde.

Y ahora volvamos a la fatídica tarde. El reloj del campanario en la Iglesia más cercana dió las seis campanadas. El abogado Lancelín recogió los papeles más urgentes guardándolos en su cartera. ¿Iría a comprar su silla de la época del Rey Sol … ? Sí. Tenía tiempo. No acostumbraba a llegar a su casa antes de las siete y media. lo cual le daba un margen de hora y media. Se guardó la chequera en el bolsillo y partió hacia la tienducha de antiguedades. y mientras tanto …

-¿Crees que debemos pagarlo … ?
-No sé … tengo miedo …

Eran las hermanas Papin. Hablaban sobre un tema que al parecer lucía nimio … el uso de la plancha al vapor.

En días pasados la plancha sufrió un desperfecto. Arreglada, la misma la señora Lancelín les advirtió que no la usaran “privadamente” ya que podía repetirse el desperfecto. Las hermanas Papin usaban la plancha para sus ropas personales a escondidas de la dueña de la casa cuando el desperfecto se repitió. Y para colmo de males los fusibles de la casa volaron dejándolas a oscuras.

Las campesinas estaban aterradas. No sabían qué hacer o que decisión tomar con la plancha. En cualquier momento podía llegar la señora y su hermana de las tiendas. Aún discutían sobre el siguiente paso a tomar cuando se abrió la puerta de la casa.

-La señora … – susurró Lea.
-Estamos perdidas- sollozó Christine.

A la mente de ambas muchachas vino el recuerdo de su hogar. Allí ambas eran golpeadas día y noche por una madre desnaturalizada y sin el menor motivo. Este fué el punto de partida de la tragedia que ya rondaba a la la residencia del abogado

Las hermanas Papin estaban traumatizadas. Habían escapado de su hogar después de darle una soberana paliza a su madre dejándola ensangrentada en el suelo. La madre en aquel momento, casi un mes después del suceso, aún permanecía entre la vida y la muerte en el pequeño hospital público de su aldea natal.

Lea, que era la más decidida tomó el mando. Su expresión era de furia demoníaca cuando se plantó tras de la puerta.

-Si me dice algo .. .la mato- susurró.

Christine guardó silencio. Temblaba de piés a cabeza mientras que los pasos de la señora Lancelín y su hermana se sentían en la escalera.

-Vienen hacia aquí … – grito Christine.
-Cállate- susurró su hermana. –

Las señoras conversaban sobre el apagón. Sus voces sonaban airadas. Por lo menos ésto pensaron las hermanas Papin. Penetraron en la habitación llevando un candelabro de bronce labrado entre ellas. Una pesada pieza perteneciente a las antigüedades del abogado.

-Allí estás … pequeña estúpida, no te dije que no usaras la plan … Jeannete Lancelín jamás llegó a finalizar la frase. Lea dió un grito horroroso. Un aullido de animal salvaje. Un sonido demoníaco que escapó de lo profundo de su mente torturada por los recuerdos de lo sucedido con su madre. Saltó sobre Esther que permanecía paralizada por el terror y el asombro.

-Dios mío … estás loca … – gritó Jeannette retrocediendo y soltando el candelabro que se estrelló en el piso. Las velas se esparcieron por entre las piernas de las mujeres que batallaban.

Resplandores demoníacos escapaban de las pupilas de Lea.

– Te arrancaré los ojos … te los arrancaré.:.- jadeaba Lea.

El más espantoso quejido escapó de los labios de la hermana.

-Estoy ciega … ciega … – gritaba Esther cubriéndose las pupilas con las manos. Dando tumbos. Buscando un apoyo. Extendió el brazo y su mano dejó un rastro de sangre en la blanca pared sobre la cal. Algo cayó al suelo … -Mis ojos … me arrancó los ojos … aullaba Esther.

Mientras tanto Jeannete luchaba a brazo partido con la otra Doncella Diabólica.

-No … no por favor … nooo- gritaba Jeannete. Lea seguía llevando el control de la horrible escena de mutilación. De sangre y dolor. Miró a su hermana como si pudiera hipnotizarla.

-Arráncaselos … – silabeó sordamente. Un nuevo gemido. Un estertor de muerte. Y finalmente el bramido de una persona que siente como fuertes uñas se introducen en sus cuencas visuales arrancando de raíz los globos de los ojos.

No se puede mostrar la imagen “https://i2.wp.com/www.misteriosdelfuturo.info/images/stories/asesinos/papin4.gif” porque contiene errores.Las dos hermanas Lancelín estaban ciegas. Las dos gateaban sobre los coágulos de sangre en el piso. Tanteaban las paredes, los muebles. Por doquier la sangre corría como agua. De sus ojos vacíos brotaban chorros rojos y espesos. Esparcidos en diversas direcciones los gelatinosos globos oculares con una expresión de terror aún retratados en ellos.

Lea y su hermana reían como dementes. Intercambiaban excitadas palabras entre ellas.

-Tenemos que matarlas … tenemos que matarlas- pedía. Christine.

Lea se fijó en el candelabro. Lo tomó sopesándolo. Al instante saltó sobre la señora Lancelín que perdía y recuperaba sus sentidos alternativamente. Comenzó a golpearla en el cráneo. la mujer se retorcía lanzando ayes de dolor ante el nuevo ataque. El crujido de huesos demostró que su cráneo estallaba en pedazos.

-Noo … no la mates … – Era la voz de Christine deteniendo a su hermana. Lea se detuvo con el candelabro en el aire. El bronce se veía opaco y purpúreo con la sangre fresca que goteaba de él.

– Todavía no … hay que hacerlas sufrir … sufrir … Lea estuvo de acuerdo.

Siete de la tarde. Frotaba las manos inclinando su jorobada espalda.

-Ni un franco más de lo dicho, decía el abogado.
-Está bien licenciado, la silla es suya .. ”

Los dos hombres se daban la mano. De repente Lancelín comprobaba la hora en su reloj de bolsillo. -Debo marcharme, le ruego que me la envíe con mucho cuidado a mi dirección- decía mientras que firmaba el cheque. El hombrecillo le acompañaba hasta la puerta. -Por supuesto licenciado … llegará en perfectas condiciones.

Siete y quince minutos. Lancelín llegaba al portón de su casa. Antes que nada sentía que algo extraño estaba sucediendo. En toda la casona no se veía una sola luz. En contraste, las casas vecinas estaban completamente iluminadas. El invierno que se marchaba hacía que a las cinco y media ya fuera de noche oscura.

El abogado buscaba la llave abriendo la puerta. La casa estaba en completo silencio. Un silencio mortal. Teniendo en cuenta que generalmente su esposa venía a recibirle inmediatamente mientras que la hermana le preparaba un buen lugar junto al fuego, aquello era sospechoso.

¿Dónde podrían estar … ? Un quejido … un simple quejido desde el dormitorio … El abogado sintió que la sangre se le paraba en el corazón. y comenzó a ascender la escalera lentamente, iluminándose con su mechero de bolsillo.

Sin saber lo que le podía esperar en aquellas tinieblas que le rodeaban por todas partes. Y en el preciso momento en que el abogado, una media hora antes se despedía del vendedor …

Lea tenía un martillo. Más bien era una especie de cuchillo con una punta redonda y romo en el extremo opuesto. Mientras que su hermana se había conseguido una Punta de lanza en la colección de antigüedades de su amo. Con estos instrumentos se daban gusto en terminar su horrible, su siniestra tarea de doble asesinato. Aquello más bien era una cámara de torturas. Lea, a instancias de su hermana no había terminado la labor de asesinato en la persona de su ama. Pero, por alguna increíble resistencia interior, ésta, a pesar de estar casi desangrada por las cuencas vacías en las cuales colgaban las puntas de los tendones y nervios arrancados y de tener el cráneo roto a la altura de la frente … sobrevivía.

No había manera de reconocerla. Era todo sangre. Su rostro era una masa sanguinolenta en diversos tonos. Lea se divertía persiguiéndola. Riendo como una loca. Con el martillo en la mano.

-Por favor … mátame … mátame … sollozaba la señora Lancelín. Lea reía más fuerte. Lejos de matarla, la golpeaba en los lugares en que sabía que la muerte no llegaba. Le partía metódicamente las Clavículas, los fémures, las costillas.

A cada golpe sordo, seguía el siniestro chasquido de algún hueso que se despedazaba. La señora Lancelín cayó desmayada un par de veces. Lea la levantaba introduciéndole la parte aguda de su instrumento de tortura en sus partes íntimas.

El cuadro de horror cesó cuando finalmente Dios tuvo misericordia de aquel despojo humano que, con un último estertor cayó para no levantarse nunca más. Esto desesperó a Lea. Se convirtió en una verdadera fiera. Pateaba, aullaba, gritaba y saltaba sobre la muerta.

Finalmente se abalanzó sobre el cadáver clavándole los dientes profundamente en sus partes sexuales. Arrancándole las ropas para cometer el más horrendo acto sexual con la muerta. Su hermana Christine se le unió en el cuadro demoníaco. Las dos abusaban sexualmente de la muerta. Mientras que una destrozada Esther se arrastraba penosamente en busca de ayuda.

Ambas Doncellas Diabólicas se olvidaron por completo de Esther. La muchacha, a pesar de estar ciega y acribillada a heridas con el afilado punzón que usaran sobre ella, se las arregló para arrastrarse hasta la puerta. En el colmo del estoicismo, logró encontrar los restos de sus destrozadas ropas en el piso. Con las mismas formó dos tapones cubriéndose con inmenso dolor los nervios al desnudo de sus cuencas vacías para evitar el desangramiento total. Y así se arrastró hacia la escalera …

El abogado Lancelín al principio no supo lo que era. “Pensé que era un perro herido o algo similar … diría después. Lo que venía, cayendo de escalón en escalón, dejando manchas rojas de sangre caliente, era el despojo de su cuñada. La muchacha elevó su mano hacia él en un mudo gesto.

No le había visto … pero lo presintió al final de la escalera. El abogado vomitó de miedo, de asco y horror cuando vió los trapos sucios amontonados en las cuencas vacías de los ojos. Por fin logró reponerse y corrió a auxiliarla.

Ya era muy tarde … Esther acababa de fallecer entre sus brazos. Tuvo tiempo de pronunciar una última frase … “las Doncellas Diabólicas … “, susurró antes de expirar.

El señor Lancelín, como todo hombre de provincias, era extremadamente supersticioso. Más tarde, se le reprocharía el no haber acudido en ayuda de su esposa sacrificada en aquel matadero sangriento que era su dormitorio. Sin embargo hay sus atenuantes. El abogado desconocía el horror que le esperaba allí… Jamás pasó por su mente que semejante sadismo y destrucción sangrienta pudieran partir de las manos de un par de doncellas jóvenes y campesinas.

No se puede mostrar la imagen “https://i2.wp.com/www.misteriosdelfuturo.info/images/stories/asesinos/papin7.gif” porque contiene errores.Lo cierto es que abandonó la casa a todo correr. Que buscó la ayuda de la policía abandonando a su esposa en el momento crítico. La autopsia del forense reveló que Jeannette había muerto antes que su hermana. Sin embargo, esto no exoneró de culpas morales al abogado Lancelín, que poco después del juicio de las Doncellas Diabólicas abandonó la ciudad para siempre. Pero nos adelantamos a los acontecimientos.

El Inspector Logre no podía explicarse lo que sucedía. Por más que se afanaba, le era imposible encontrar conexión en las palabras balbuceadas por el conocido abogado Lancelín. “En cierto momento pensé que estaba borracho” diría.

Por fin, la sospecha y su sexto sentido de la profesión le hicieron dejar al hombre a cargo de un médico de la Jefatura policial y correr a la casa con dos gendarmes. “No podía creerlo. Jamás en la vida ví tanta sangre junta. Era un matadero en plena actividad. Sangre en los pisos, sangre en las paredes. Rastros de sangre por doquier. El olor era insoportable.”

Las hermanas conocidas como las “Doncellas Diabólicas” en el futuro, fueron encontradas en su habitación. Estaban desnudas, acostadas en la cama y fuertemente abrazadas. No le hicieron la menor resistencia a la policía. Solo pidieron el tiempo suficiente para “limpiar la sangre de sus cuerpos y manos.” Esto les fué concedido.

El juicio en la Sala de lo Criminal de la ciudad en Le Mans duró apenas cuatro horas. En este tiempo, ambas hermanas se confesaron autoras del delito. Lo hicieron con toda tranquilidad. Explicaron minuciosamente la forma en que habían destrozado a las señoras. Y, finalmente, cuando se les pidió que dieran el motivo que tenían para semejante crimen, se encogieron de hombros. “Creo que teníamos miedo” dijo Christine. “Me acordé de mamá” estableció Lea.

El público guardaba el más espeso y aterrorizado silencio al final de aquella serie de relatos. Las pruebas ensangrentadas eran nauseabundas. Más de un espectador abandonó la sala de justicia para vomitar.

El Jurado se retiró a deliberar a las cuatro y treinta de un 22 de Febrero. Diez minutos después tenían el veredicto. “Culpables de asesinato en primer grado sin atenuantes.” Ambas fueron condenadas a la horca vil.

Sin embargo, el hecho de ser mujeres les salvó la vida. Fueron conducidas a la prisión de Paris en donde pasaron cuatro años. Al cabo de ellos, Lea se suicidó cortándose las venas con un cristal. Mientras, su hermana fué trasladada a un asilo … completamente loca.

Este fué el terrible final de … “Las Doncellas Diabólicas.”

LEA Y CHRISTINE PAPIN CAMINO A LA CORTE

1933

El 2 de febrero de 1933, al anochecer, el señor Lancelin -abogado y vecino de la pequeña ciudad de Le Mans, al noroeste de la llanura central de Francia- corrió alarmado a su domicilio de la calle Bruyère.

Desde su despacho había llamado repetidamente por teléfono a su mujer y a su hija sin obtener respuesta. Era de noche cuando llegó. La puerta principal de la casa tenía el cerrojo echado por dentro y la de servicio había sido atrancada. Envolvía al edificio un silencio impenetrable. El interior estaba a oscuras. Sólo una débil luz se escapaba por las rendijas de la ventana del cuarto de las criadas -procedentes de un arrabal campesino- Christine y Lea Papin, que llevaban siete años al servicio de la familia Lancelin.

Los policías Ragot y Verité forzaron la entrada y penetraron en la casa. He aquí, en su seco lenguaje, lo que vieron: “Los cadáveres de la señora y la señorita Lancelin yacían en el suelo espantosamente mutilados; el cadáver de la señorita estaba boca abajo, con las faldas subidas y las bragas bajadas y tenía grandes heridas en los muslos; el cadáver de la señora yacía boca arriba, con los ojos arrancados, sin boca ni dientes. Las paredes estaban cubiertas de cuajarones de sangre. En el suelo había huesos, dientes arrancados, un ojo, horquillas, botones, un llavero y un paquete deshecho“.

Un “gesto” mortal

Los gendarmes forzaron la puerta del cuarto de las criadas. Las dos hermanas, desnudas y abrazadas, estaban acostadas en una de las camas. En sus brazos había sangre seca.

Ante el Comisario de Policía se confesaron autoras del crimen sin el menor nerviosismo. Christine lo narró así: “Cuando la señora entró le dije que no me había dado tiempo a repasar la plata. Entonces ella, intentó atacarme y yo le arranqué los ojos con lo! dedos. Mejor dicho, yo no salté contra la señora, sino mi hermana; yo ataqué a la señorita Genevieve y fue a ella a quien arranqué los ojos. Lea fue quien arrancó los ojos a la señora. Yo bajé a la cocina y cogí un martillo y un cuchillo. En una mesita había una mano de almirez y la empleamos también. Mi hermana y yo nos intercambiamos varias veces los instrumentos… No me arrepiento de nada, o no sé si me arrepiento. Prefiero haberlas matado antes de que ellas nos mataran a nosotras. No hemos premeditado nada. No odiaba a la señora, pero no toleré el gesto que tuvo conmigo“.

Este gesto, de singular relevancia en el espeso misterio que desencadenó la carnicería, fue un simple “¿Y bien?” pronunciado por la señora Lancelin para pedir a Christine explicaciones de por qué no habían planchado la ropa.

La propia Christine añadió sobre la inquietante endeblez del motivo: “Nada teníamos contra ellas. Hace demasiado tiempo que somos criadas, eso es todo. Tuvimos que demostrar nuestra fuerza“.

Las dos hermanas, sorprendentemente dueñas de sí mismas durante los interrogatorios, se derrumbaron súbitamente en el momento de ser separadas. Se entrelazaron y hubo que emplear la fuerza para desanudar su abrazo. Entre alaridos fueron encerradas en dos celdas individuales.

Según los informes periciales, eran vírgenes y jamás tuvieron ningún tipo de relación con ningún hombre. “Cada una vive únicamente con la otra pero en este afecto no hay razón para encontrar razones de tipo sexual. No hay indicios de niguna anomalía física o mental en ellas.

Las hermanas, de 28 y 24 años, perdieron el ciclo menstrual a partir del día del crimen.

Búsqueda de un móvil

El juicio de las hermanas Papin, celebrado en la Audiencia de Le Mans, creó en la opinión pública francesa una sorda sensación de malestar. En las ramificaciones de un hecho tan excepcional como éste fue imposible encontrar ni un solo indicio de excepcionalidad. Se acumularon en miles de legajos, uno sobre otro, infinidad de detalles cotidianos atrozmente comunes, que eran tanto más insoportables cuanto que cualquier familia con una criada a su servicio reconocía como propios.

De esta manera, el móvil de uno de los actos más salvajes de que hay noticia tenía que ser rebuscado entre los entresijos de la vida en un hogar cualquiera de la burguesía tradicional europea. Por ejemplo, los guantes blancos que la señora Lancelin usó una vez para comprobar si había polvo en los muebles después de una limpieza adquirieron la magnitud de los grandes nexos causales en los grandes acontecimientos. Un papel en el suelo, un gruñido, una mirada insolente, un cruce hosco en la escalera, el silencio de paredes adentro, ese “¿Y bien?” mortal.

Eso era todo: ningún rastro de, odio, ninguna pasión, ni un solo acto despiadado, duro o sojuzgador, ninguna cualidad.

Los Lancelin eran personas deferentes y su comportamiento con las hermanas Papin entró siempre en los límites establecidos de la corrección. Por su parte, las hermanas Papin eran tímidas, introvertidas, dóciles y aceptaban su condición. No se registró en las complejas interrelaciones existentes entre las cuatro mujeres ni un solo acto generador de violencia, un despecho que deje rastro, una anomalía persistente nada. O al menos nada susceptible de ser aislado del conjunto de sus vidas, lo que dio inesperadamente a éstas, consideradas como totalidad, la oscura, inaceptable función de sustituir al móvil.

El edificio jurídico occidental se resquebrajó: una vida, la totalidad de una existencia, se erigía insolentemente como una carcoma en los subterráneos del derecho procesal, en causa profunda, más allá del alcance de los códigos.

Las últimas huellas

El periodista Louis Martin Chauffier escribió en Vu: “Quisiéramos entender, pero es inútil intentarlo. Se trata, más que del horror del doble crimen, del carácter alucinante del caso, del denso misterio que lo envuelve. Durante 13 horas jueces, abogados, jurados y público no han dejado ni un solo instante de estar obsesionados por esta angustiosa e insoluble cuestión: ¿cuál puede ser el móvil de tan salvaje matanza? Jamás hubo una audiencia más banal en su desarrollo, más despojada de incidentes, más desnuda. Y los rostros impasibles de las hermanas, ajenas al debate, ¿no están privados de vida en la medida en que su vida está volcada hacia dentro? ¿No fue aquel 2 de febrero el único momento de su lúgubre y honesta existencia en que salieron fuera de sí mismas y escapó de ellas ese mortal furor que, sin saberlo, dormía en su pecho?“.

Jamás se descubrió móvil alguno del crimen. El fiscal basó su alegato en la imagen de dos perras rabiosas que muerden la mano del amo que les da de comer. Los defensores coincidieron en la rutina de irresponsabilidad por demencia. Los jueces, perplejos, impotentes, se vieron forzados a sentenciar sin convicción, en la misma frontera del absurdo: pena de muerte, conmutada por reclusión en un manicomio, a Christine, y 10 años de cárcel a Lea.

Las hermanas no quisieron recurrir la sentencia y se negaron en rotundo a dar las gracias a sus abogados defensores.

Su madre, que las puso a trabajar como criadas desde la adolescencia, fue a visitarlas a la cárcel. Sus hijas no se inmutaron, no contestaron a ninguna de sus preguntas y la llamaron Madame, como a la señora Lancelin.

En el manicomio de Rennes, donde la internaron, Christine se negó a comer y, poco antes del estallido de la II Guerra Mundial, murió de anemia. Su informe se perdió en el incendio del manicomio, a causa de un bombardeo de la aviación aliada durante la ocupación nazi.

Lea salió de la cárcel el 3 de febrero de 1943, décimo aniversario de su crimen. Sus huellas se pierden por completo en los ojos del guardián de la prisión, que fue el último en ver su menuda figura enlutada alejándose de allí con una maleta en la mano.

Resumen del informe que el Doctor Le Guillant publicó en 1964 en la revista “Les Temps Modernes”

LUIS BUÑUEL

Ya en su etapa mexicana Buñuel había rodado varias películas de producción francesa tras las elogiosas críticas europeas de” Ensayo de un crimen”, “Así es la aurora” o “La muerte en el jardín”.

Pero su verdadera reentrada en la cinematografía francesa se produjo en 1963 con “Diario de una camarera” (Le Journal d’une Femme de Chambre), adaptación de la novela de Octave Mirabeau.

YULIA TYMOSHENKO

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Yulia Tymoshenko, candidata a presidenta, cree ser la reencarnación de Eva Perón.

Yulia Volodimirivna Timoshenko, en ucraniano  Ю́лія Володи́мирівна Тимоше́нко, según una transliteración estricta Yúliya Volodýmyrivna Tymoshenko  nació en Dnipropetrovsk, Ucrania en 1960.

Fue primer ministra en dos ocasiones: 2005 y 2010,

Es líder del partido Bat’kivshchyna (Батьківщина, Patria).

Anteriormente, era una mujer de negocios exitosa en la industria del gas y pronto se convirtió en una de las personas más ricas en Ucrania.

Era una de las líderes más importantes de la Revolución Naranja,  que trajo al poder a Yúshchenko.

A pesar de la distancia espacio-temporal, ella está convencida de ser Evita.

Al parecer, como muchos otros políticos de Ucrania, la primer ministra y candidata presidencial le presta atención a la opinión de adivinos y videntes. Tal es así que, hace algunos años, un “especialista místico” comparó los años de nacimiento, la personalidad  y otros detalles íntimos para confirmarlo.

“Es la reencarnación de Eva Perón“, dijo Dmitry Vydrin, asesor cercano de Tymoshenko durante casi una década. “Ella lo cree y lo admite en su círculo íntimo“, agregó.

El 3 de marzo de 2010 fue destituida de su cargo de primera ministra por la Rada Suprema (Consejo Supremo del Parlamento), en una moción de censura a su Gobierno.

DIARIO DE UNA CAMARERA

con Jeanne Moreau. Dirección: Luis Buñuel

EVA PERON DE COPI

Un vestidito colgando

PHLILIP GLASS

“The Hours”

PEDRO ARA

A las ocho de la mañana del 27 de julio de 1952, el cadáver de Evita era ya definitivamente incorruptible, pero aún quedaba vestirla, peinarla y devolverle la belleza a la que tenía acostumbrados a los argentinos.

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El doctor dejó pasar entonces a la modista, que durante toda aquella noche estuvo preparando el vestido color marfil que vestiría Evita, y al peluquero, Julio, que se presentó así ante el médico: “Profesor, yo soy don Julio. Conocí a la señora cuando era todavía una niña. Seguí su carrera, la acompañé siempre en las campañas artísticas de su primera juventud. Durante todos estos años de Gobierno tuve el honor de ser el primer visitante de la mañana, cuando aún no era de día. Nadie más que yo compuso sus peinados. La seguí en todos sus viajes. Fui a España con ella. Era una mujer extraordinaria… ¡Si yo le pudiera contar…”. Más de una hora empleó el peluquero en realizar el último peinado de Evita, no sin antes cortar un largo mechón de pelo que quería guardar la madre de Eva Duarte.

El médico estaba a punto de colocar entre las manos de Evita el rosario de plata y nácar que le regaló el Papa, cuando entró en la habitación una de las doncellas para cumplir uno de los deseos de su señora: “Doctor, ayer, poco antes de entrar en la agonía, me dijo la señora que en cuanto muriera le quitara el rojo de las uñas y se las dejara con brillo natural. ¿Puedo hacerlo, doctor?”.

Evita ya estaba lista para ser expuesta, pero quedaba un pequeño detalle. Según relató Pedro Ara, antes de que los funcionarios soldaran la parte metálica del féretro, introdujo por los huecos y entre las ropas de la fallecida gran cantidad de unos comprimidos de fuerte y característico olor. “¿Qué es eso, profesor, si se puede saber?”, preguntó el general Perón. El médico le explicó que aquello servía para expulsar el aire del interior del ataúd, sustituyéndolo por una atmósfera que hace imposible la vida de cualquier clase de microbios o de insectos. Perón continuó preguntando: “¿Cuánto tiempo se podrá conservar sin descomponerse?”. Y el doctor Ara siguió sacándole de dudas: “Si la dejáramos así, iría desecándose paulatinamente hasta la total momificación, pero es absolutamente imposible que se descomponga”.

Cadáver momificado de Pedro Ara-1953-55

Perón le hizo entonces partícipe a Pedro Ara de sus intenciones. Le dijo que, como el pueblo querría verla durante algunos días, tras la exposición de Evita la trasladarían a la sede de la Confederación General del Trabajo (CGT), donde instalarían un laboratorio para que el médico trabajara con el cuerpo de Evita hasta que el monumento estuviera terminado. Perón pretendía que Evita mantuviera un aspecto impecable por los restos de los restos, se tardase lo que se tardase y costase lo que costase.

El forense intentó disuadir al general Perón, conocedor de la inestabilidad política que vivía el país y sabiendo que la sede de la CGT era un centro de lucha social. No sirvió de nada, porque Perón fue contundente: “Mi mujer dispuso que sus restos mortales fueran depositados en la CGT hasta su traslado a la cripta del monumento, y yo voy a cumplir exactamente los deseos de mi esposa. No tiene usted más remedio que trabajar en la CGT. El ministro de Obras Públicas dispondrá la transformación de la parte de edificio que usted crea más adecuada para su laboratorio. Los hombres que en vida custodiaron a mi mujer están desde hoy a las órdenes de usted. Nadie se opondrá a lo que nosotros acordemos. Todos allí le ayudarán si usted los necesita, pues los obreros adoraban a mi mujer. No pasará nada, más si el destino nos reserva una catástrofe, mejor que sea allí, cumpliendo plenamente su voluntad”.

Aquí comenzaron los problemas de Pedro Ara, porque, sin saberlo, habría de convertirse en el perpetuo vigilante y responsable de Evita durante los siguientes tres años.

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