Acto Uno

ACTO UNO
Cuadro 1: SENTENCIA
Un inodoro, a su alrededor tramperas para cazar ratones se aprestan para dar combate. Colgados de la parrilla de luces: cinco vestidos blancos. Figuran presencias, ánimas. Con estructura de miriñaque y torso despliegan volúmenes. Son muñecas sin manos ni cabezas. Acaso mortajas.

La intérprete lleva una tiara de brillantes, que oficia a la vez de cofia de mucama. Su vestido, aunque negro, es idéntico a los colgados. Un vientre de seis meses de gestación determina su silueta. En las manos: guantes quirúrgicos de látex.

CLARA: Mi hermana y yo hemos puesto fecha a su muerte, Señora.
Hemos firmado el acta de defunción en sus narices, Madame.

De nada le sirve arrepentirse a la Luna.
Los pobres saldremos a levantar el trigo por la mañana.

Servirla, Señora.
Atender sus estúpidos reclamos,
defender sus caprichos
con las manos percudidas,
ajadas,
destrozadas.

Su belleza ha dejado de ser un magneto.
Fingimos.
Hemos aprendido a camuflar nuestro odio.
Cuando se es pobre, la mentira es también una disciplina.

Confundida ante el espejo, Madame, no distingue el peligro.
Es tan hermosa la Señora, como su descuido.

No debió confiar.
No debió entregar la fragilidad de su cuello a dos ratones hambrientos.

La confabulación ha sido un éxito.
Hemos hablado a sus espaldas.
¿Cómo supuso que no lo haríamos?

Cuando la vemos palidecer,
entregarse a nuestros servicios,
sería tan simple aflojar la barandilla de la escalera,
dejar la llave de gas murmurándole su asfixia.

No hallaremos perdón, ni clemencia por nuestra osadía.
Pero usted se irá al infierno,
y nosotras apenas a prisión.
¿Qué tan distinta puede ser nuestra sombra allí?

Cada mañana hemos volcado gardenal a su té,
en dosis apenas tolerables.
Hemos ido destrozándola,
dificultando el paso de la sangre por sus arterias,
tapando sus venas de princesa.

El Coronel la nota más opaca cada noche.
Su piel será un guante que hallará destino en una pira.

La hemos envenenado.
En bandeja de plata, la Señora, ha devorado nuestra reivindicación.
¿Quién es entonces la ignorante?
¿De qué le sirve su Coronel ahora?

Ciega, su paladar exigía tostadas y tragaba con té, su aniquilación.
Se irá doblando, Madame.
La veremos de rodillas, suplicando.
Hecha encima.

Le diagnosticarán cáncer:
pero es justicia.

La libertad en forma de frasco de gardenal.

Aunque el veneno se haya empecinado también con mi mano,
aunque mis uñas desaparezcan: caigan destruidas,
conocen su valor.

Por la noche, en la buhardilla,
me quito el guante
y un arrebato de belleza me invade.
Adivino el monstruo que habita en su vientre,
en la diminuta proporción que devora mi dedo.

La pócima no distingue fronteras.
Fundidas: víctima y asesina bajo una sola huella.

He volcado cuidadosa la cuchara sobre la taza,
pero no he logrado eliminar todos los vestigios,
su poder.
(Nunca que sido buena para fregar.)

Hemos enterrado en el jardín cada cuchara utilizada.
Ensayos de su tumba diseminados entre arbustos y naranjos.
Armas paulatinas.

Si la Señora no nos hubiera obligado a llevar guantes blancos,
habría notado indicios,
gestos entre sombras…

Pero es demasiado tarde,
demasiada vanidad.

No es un niño lo que lleva en el vientre,
sino mi furia.
La he obligado a un combate que la derribará.
No verá caer la luna esta noche.

No la imitaremos más.
Ya no basta ponernos sus vestidos,
jugar con sus joyas,
sus cisnes.

Cuando la Señora se ausenta,
las insolentes tomamos sus galas,
copiamos sus mohines,
hurgamos en su altar.

De nada le han servido sus rejas,
sus herméticas cajas de seguridad.
¡Ese triste revolver debajo del secreter!

El enemigo duerme dentro de la casa.
Su vientre gesta sordo al asesino.
Nos lleva adentro, Madame.
Y no hay espacio para las tres.

Nos hemos metido dentro suyo.
Las siamesas comparten un ojo en el laberinto.

No puede quitarnos, y sobrevivir.
Y no podremos permanecer, después de que muera.

Somos la bomba y la carne bajo los escombros.
Habitantes superpuestos.
Imposible distinción.

Cae desmayada.

Cuadro 2: HERMANA
Proceso de supremacía: Bordea y endurece la palma. Late furibunda hasta extinguir su voluntad. Despliega hendijas. Desciende su pertenencia, y el brazo traiciona al acero en desesperación.

Por resistir, sólo consigue fracasar. Acelerar el arroyo al que ha sido confinada. El mismo Diablo no comprende el enjute. La segunda biografía ocurre.

SOLEDAD: No corto.
No selecciono.
No decido.
Sólo cargo. Estibo, soporto.
La cuchara.

La silueta vencida.
El sobrepeso colmado.
Predeterminada sirvo, acato.

Mi esfuerzo: el segundo elemento.
Soledad.

De rodillas al costado del inodoro, hunde la cuchara y come puré. Luego limpia la cuchara, y vuelve a la ingesta. Repite la tarea tantas veces como sea necesario.

Fregar,
la mucama
movimientos
de a cinco

Ahorro
muerta
patrón
muerto
brazo
egoísmo
plan

Reproches en las alacenas
la visita
rata
los otros
las cobardes

Limpiar
fregar
torcer
tender

Los azulejos verdes del baño
el hedor trepando
Friego, debo fregar
merezco
frío el olvido

Arma
Deseo
hombre
metal

Nos desprecia el Señor,
nos ignora
detiene la mirada en lo que apenas si lustramos

Torcidas
su nombre nos rodea
Esparce la  injusticia de desearlo
de aborrecerlo
de verlo preso,
dependiente.

Alejado de la Señora.
“¡Le quitamos el escudo a la Señora!”
Coronel, hemos logrado apartarlo.
como el ratón en el panal,
fue encerrado.

Hemos levantado
paredes
con el néctar de nuestro odio

Perecerá
de tumba es la miel
agonía es la dulce.

Sentencia
el Señor
el cinto
nos tiene en su puño
nos sostiene, o nos arroja

A la calle
perras
nuestra pobreza: nido,
nicho ridículo.

Somos las obreras del castillo,
idiotas sin protección.

Abuso
detenido
muerte
isla
silencio

Fregar
torcer
diminuta
obedecer

Armar la bandeja
treinta y ocho escalones,
la segunda puerta,
el postigo,
el ruido de las bisagras,
y el orinal colmado durante la noche

Un perro
un animal muerto
sin vida
La señora duerme

Alrededor de su cuello
descorro el cortinado
y descubro
que sólo era mi imaginación

Que no,
que no había perro
sólo su cuello
odiándome.

La señora duerme,
agoniza.

Traga la última cucharada. Ya no queda más. Se oye un portazo.

Cuadro 3: RELOJ
Recuperada, comparte supremacía con su hermana.

CLARA: “Sirva el té”
“Prepare mi baño”
“Vaya al mercado”
“Traiga mis zapatos, mis remedios”
“¡Esos los vidrios, cuántas veces se lo tengo que decir!”

El Diablo habita debajo de mi lengua,
si hasta un niño podría advertirlo.

“Seduzca al Señor”
“Arrójeme por las escaleras”
“Máteme de hambre”
“Escupa mi cena”
“Y por favor: envenéneme”
“Claro está, envenéneme cada mañana”

¡Estúpida!
Usted por desaprovechar mi talento,
y yo, por hundir la mano en el lavabo,
y no en su cuello.

Intenta abrir un sobre, pero le resulta imposible sin evidenciar la impertinencia. Se detiene. Reintenta, y un vértice se quiebra inexorable. Desesperada, pretende enmendarlo. Nueva pausa. Decidida, lo abre y despliega las hojas. El horror la invade: llora impotente.

SOLEDAD: Torcer
quemar
mentir
La lengua de hierro,
fingir

Lavar
leer
hervir
el cáncer, Doctor
El sobre, Señor.

Le suplico
olvide, Doctor
que no
no traiga
intrigue.

CLARA: El Señor caerá rendido ante mis agallas.
No tendrá tiempo para el espanto,
no se lo permitiré.
La belleza de mis actos,
hará blanco en su corazón.
Suplicará por una noche de alcoba.

Nos turnaremos para favorecer su olvido.
No sabrá cuál de nosotras lo complace:
si Madame,
o yo con una de sus pelucas;
Si Soledad,
o la misma Muerte nos disputamos su apetito.

SOLEDAD: Rezar
romper
bajar
camino
esconder

De vidrio
las plumas
traidoras

Indefensas
nos señalan

Nuestros nombres
nos apuntan.
Nuestras cabezas no valen nada.

CLARA: Diez cucharadas de gardenal en dos infusiones diarias.
Resulta imposible
que los análisis no descifren nuestro triunfo.
Corran el telón a nuestras actuaciones.

SOLEDAD: El Coronel ignora,
jamás podría.
celosas
Clara y Soledad
matar
su hembra.

CLARA: Hay que impedir que detengan el curso del veneno.
Si nos arrestan, que nadie interrumpa la justicia.
¿Dónde se ha visto a una enferma de cáncer conservar intacta su cabellera?

Estamos a pasos de alcanzar la curva.
Los huellas son más que evidentes.
Fiebres sistemáticas,
vómitos.
Alaridos a mitad de la noche.

¿Revisaste las sábanas?
¿Ha ido al baño? ¿Cuántas veces?

Te he dicho que controles,
que anotes, si es preciso.
Si tu memoria falla, debemos cubrirnos.

SOLEDAD: Podrían
podrán
vaciar
desintoxicar
a Madame de nuestro odio.

CLARA: Nunca ha existido.

SOLEDAD: En esta casa.

CLARA: Debemos expulsarla.

SOLEDAD: De nuestra memoria.

CLARA: Debe caer entre los miles de papeles
que la Señora ordena con desesperación desde hace de un mes.

No responde.

SOLEDAD: “Ni a su voz, Coronel”

CLARA: “La pobrecita está fuera de control”

Subiremos la dosis.
Irás a su cuarto, dejarás una taza en su mesa de noche,
y el frasco de gardenal torpemente oculto
En su botiquín.

Al salir, echarás llave
por dentro.

SOLEDAD: Dos vueltas.

CLARA: Y saldrás por la ventana.

SOLEDAD: Las luces.

CLARA: Veinte segundos.
Serán suficientes para que alcances la barandilla.

Diré que un desperfecto en la plancha cortó la tensión.
Y prepararemos la cena, como siempre.

Actuaremos la sorpresa.
Lloraremos,
pero de dicha.

Oculta sus pantuflas, eso la detendrá.
No se moverá de la cama sin ellas.
Desconectaremos el llamador.

“Apresuró su final”
“No esperó a nadie, Coronel”
“¡Qué valiente!”

SOLEDAD: “Sin molestar
Sin una queja”

CLARA: “Antes que el Señor la llame”

SOLEDAD: “Nuestra Santa”

CLARA: “Nos amaba demasiado, Coronel”

SOLEDAD: Huir
escapar
morder
gritar

CLARA: ¿Con que medios?
No somos unas ladronas.

Apartadas
a besar las escobas,
a trapear sueños,
a reventarnos los riñones por un cortinado.

SOLEDAD: Romper
los libros
criminal
castigar

CLARA: ¿Qué pretenden?
¿Acaso consentirlo?
Resulta intolerable.
Esto es aún peor que mil castigos.
Juegan con nuestros nervios.
Si es de locos.

Esperan calmos, el momento de bajarnos el pulgar.
El Coronel y el Doctor encerrados en la biblioteca,
eligen el modo mejor de hundirnos.

No se comprende la tardanza.
Intentan que nos acusemos mutuamente.

Me partiré la lengua con el espejo antes de traicionarte.
Pero no confío, en no hacerlo contra mí.

Nos hierven en la demora.

SOLEDAD: Torcer
mentir
La lengua de hierro
fingir

Papel
romper
cambiar
su muerte desear

CLARA: ¡Es inadmisible!
No estoy dispuesta a soportarlo un instante más.
Hay que golpear esa puerta.
Interrumpirlos, con cualquier excusa.

“Madame agoniza, ¡reaccionen!”

No he de callarme.
Se entretienen en nimiedades,
en consultar nuestros castigos,
cuando la Señora se apaga sola.

¿Es que nadie repara en la urgencia?
¿Cómo se soporta?
Serán cómplices del deceso.

SOLEDAD: Podríamos haber sido tan bellas.
de no haber nacido
nosotras mismas.

CLARA: No llevamos fuerzas, más que para el traspié.
No obedezco más que a mis errores.

Nos convencen de bajar la cabeza,
de cerrar el pico.
¡Qué imbéciles nos ha vuelto la fe!
¡Con qué impiedad nos arrojan la buena voluntad!

No se han movido nunca las piezas en el tablero.

SOLEDAD: He soltado a la perra de entre mis piernas.
Su asesinato huele a hembra.

CLARA: Confesaremos.

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