Acto Dos

ACTO DOS
Cuadro 4: MADAME
Bajan los cinco vestidos al ras de las tramperas. Sin accionarlas, sólo provocarlas. La belleza roza el escenario. Ella, de pie sobre el inodoro, lleva lentes blancos.

MADAME: La envidia y el resentimiento no me tocan, ni siquiera me rozan. Mi túnica de Fedra barre majestuosa el suelo que piso. ¡Así, desaparecen los sentimientos bajos! Sólo me sientan las pasiones nobles.

Soy la Señora en sus vestidos, en sus cinco envidias.

Clara… ¡Soledad! ¿Qué hacen encerradas en mi baño? Salgan.
¿Limpiando qué? Limpian sobre limpio.
Rápido, que no hay tiempo.

Mi guardarropa ha dejado de ser sagrado.

Abandonarán esos uniformes. La biopsia ha sido contundente. Debo entrar a quirófano. Basta de botines negros. Tan sólo el ornato habrá de cubrirlas. Tan sólo prendas innecesarias

Con una sola de mis galas podrán desterrar al invierno de sus vidas. Sucumbir ante el arrojo de los espejos. La fortuna lamerá de sus hombros, y la inocencia será acribillada definitivamente de sus ojos.

Vamos, acérquense.

Pero por supuesto que es real. ¿Qué tipo de pregunta es esa, muchacha? Y en estas circunstancias. No existe otra verdad, más que esta inmensa despedida.

Una fortaleza se aloja sobre esas perchas. Un imperio de faldones escolta el infierno de mi admiración.

Marcharé ligera. Me desprendo de obesos galardones. ¡He de combatir a la decadencia en la más implacable austeridad! El Señor valora mi holocausto.

Fregarán las escaleras envueltas en terciopelo. Mis mangas de brocato caerán rendidas sobre sus cacerolas. Con trajes de noche pulirán los candelabros de mi entierro.

De pie. Desnúdense. Vamos, sin temor. No aceptaré tapujos. Otras matarían por estar en su lugar.

¿Qué, están sordas?

Se ilumina el primer vestido.

¡Mis formas! Aún parpadeo entre esos pliegues. Llevarán mi gloria. Pasearán mi cuerpo por la ciudad cuando esté abierta sobre la mesa de la intervención.

¡Las obligaré, si es preciso!

El segundo y tercer vestido se iluminan.

¡Basta de hurgar en cajas vacías de zapatos!

Claudica el cielo ante el bárbaro de mis sombreros. ¡La única muerte es la que desnudamos!

El cuarto vestido se ilumina. Y de inmediato se apaga.

Sé lo que ocultas debajo de esos guantes, Clara. No me mire así. Por supuesto, que me he dado cuenta. A tu Señora, nada se le escapa. No te avergüences.

El frío…. el frío de las canillas, me supongo. Fregar tan de mañana, y en las piletas de fuera. ¡Qué imprudencia! Conozco la severidad del Coronel, sus exigencias. Pero no sé, podrían organizarse de otro modo.

Si no me quejo, no me he de entrometer mientras cumplan con sus quehaceres. Pero, tonta, si tienes las manos a la miseria.

Se iluminan el cuarto y quinto vestido.

¡Soy Madame enamorada de París!
Vamos, mis niñas que Dios nos quiere a doce centímetros del suelo.
Si es mejor llevar insultos que harapos.

SOLEDAD: El amor. Gracias.
El amor
le profeso.
Me tiño
cuando la atacan
de pólvora.

CLARA: De no ser por la Señora hubiéramos terminado…
El futuro de una mujer en el campo,
es siempre un árbol donde talar.
Madame nos ha quitado el hambre de entre los dientes.
Al cumplir los 17, la miseria nos había devorado.

La Señora nos ha obligado a regresar.
A cruzar nuevamente el puente.
Usted es el horizonte.
Yo amo a la Señora,
y la Señora lo sabe.

Las dos sirvientas
aman al Señor
y a Madame.

SOLEDAD: Mentira
verdad
gracias
vestidos
sus joyas,
El niño Dios en la cascada de sus joyas.

Madame
mi hermana
jamás
sus galas

No podríamos
Sagrado
¡su vestido Dior!

Apenas lo rozamos
con la mirada
lustramos
lo hemos soñado

Y ahora Dios
el milagro Dior
La Señora nos viste de fuego.

Fornica el Doctor con su cadáver.

CLARA: Su piel de porcelana, cuando limpiamos la vajilla.
Su cuerpo rodeándonos la cintura,
su busto exacto y desvelado.

No permita que la alcancen.

MADAME: He sido explícita con los médicos. He ordenado que extirpen, que castren si es preciso. No toleraré medias tintas. Aunque comprometan órganos. Hay que acabar con mi oponente. Soportaré hemorragias. Seré capaz de todas las astucias.

No existen secretos entre la ciencia y mis asuntos. El mal que llevo, ha duplicado exacta la piedra que el Coronel supo obsequiarme en nuestro último aniversario. Llevo un diamante prendido al útero.

Los médicos aplauden al ver los estudios. Elogian mi precisión, mi garbo.

Golpea,  aguijona, con cada estocada viene por mí. Me desafía. De mí se alimenta.  Se interpone. Ha encontrado remanso en mi dolor.

Se me ha astillado la juventud en plena muerte.

Me resisto a esta reducción. No prestaré mi silueta. No me verán cabizbaja. Me niego a volverme un círculo colorado en los registros de la Morgue.

Me colman de flores. ¿Acaso pretenden velarme, ya?

Yo sé que no, que son los medicamentos, que tuercen mis pensamientos. Mis fieles sirvientas…

¿Ha dejado de llover? Mi apoyo izquierdo y derecho. ¿Es que no lo notan? Habito en los pespuntes, recorre mi sangre los ruedos. No son broches, sino básculas. Hemoglobina lamiendo los cierres.

Visones ofrendados en las manos niñas de la vanidad. La morfina no me aleja del crimen. ¡No hallo límites en la ferocidad de la beneficencia!

Giran sobre su eje los cinco vestidos. Baile de ánimas.

Cuadro 5: QUIRÓFANO
Se coloca lápiz labial.

CLARA: La Señora se nos va. Se funde en nuestros regazos.
Los médicos no han podido resistir la tentación:
intentan condenarla a sobrevivir.
Pierden tiempo disfrazándola de cáncer.

SOLEDAD: Antígenos oncofetales.
Glucoproteínas
Fosfatasa Vimentina

CLARA: El Coronel la sube hasta su cuarto.
La lleva en andas.
Un cuerpo.
Poco más.
No más que un soplo.
Como quien dice zapato, pero sin arriesgar un paso.

La bata se desliza,
cae con facilidad.
Ninguna curva la detiene.
La seda alcanza inmediata el piso helado de las escaleras.

SOLEDAD: Linfoma mixto molecular
Procarbazina
Hidroxiurea en fase Astenia

CLARA: Ya todo está dispuesto.
La túnica. Plancharemos.
El peinado que llevará.
Cuidamos los detalles,

SOLEDAD: Las uñas

CLARA: El color de su esmalte

Dos tijeras abiertas debajo de la cama.
Será un lujo condenarnos.

El verdugo nos besa en la boca.
De otras mansiones llegan
nos riegan de aplausos,
nos lanzan flores,
izan nuestros nombres ante el pelotón de fusilamiento.

Somos las fabulosas renegadas.
Disponemos de nuestro espanto.
La ruina nos cubre como a doncellas.
Las sirvientas se sublevan.
Disparan ángeles en cada grito.

Cocineras
Enterradoras
Una tropilla de traidores aguarda agazapados
en los pasillos,
de este lado de las cerrojos.
Atacaremos
cuando menos sospechen.

La muerte cruza la ciudad, Madame.
Cada muchacha de limpieza ha sido transformada en un fusíl.

SOLEDAD: Una
Cien
Mil

Moscas

CLARA: Usted es apenas, la primera de una enorme lista.
Ya no tragamos.

SOLEDAD: Sirvientas contagiando sirvientas.

CLARA: Ya no pedimos permiso.

SOLEDAD: Metotrexate 500
Bleomicina aquilante nitrosureas

CLARA: Nos creyó retraídas, la Señora, ¿verdad?
Incluso algo idiotas.
No lo niegue.

Al servirle la cena, apuntábamos a su cabeza.
Y retirábamos el plato,
con la certeza de haberle disparado entre los ojos.

Nos debe una disculpa.
Somos los ladrillos de su derrumbe.

Los vestidos detienen sus giros.

SOLEDAD: Sus vestidos.
Generosa.
Tiempo.
Podrán salvarla.

CLARA: ¡Te dejas engañar!
Comprar, por unas telas.
Años de fregar te impiden razonar.
La mugre se acumula en tus pensamientos.
En poco tiempo te conformarás con olvidar tu odio.

No debemos permitirlo.
Es preciso que circule el fuego,
porque de otro modo nos atrapará.
Es ella, o nosotras.

No se trata de libertad.
Nunca la hemos tenido.
Es absolutamente irrelevante el costo.

La operación debe ser un éxito.
Madame debe pagar.

Recupera su giro el primer vestido.

SOLEDAD: Nos ha esquilado.

CLARA: La Señora teme por las pulgas.
Las mugrientas somos dignas de dormir atadas.

SOLEDAD: Perlas.

CLARA: La ingrata súbdita aspira a sus perlas, Madame.

SOLEDAD: Envidia

CLARA: Entre medio de sus piernas, Señora.
Envidia en su dentadura.
Con mi cos, partiré sus vidrios.

SOLEDAD: Verde
prolijo
bordo
minucioso.

Verde. Hilo
mi nombre
en sus vestidos.

CLARA: Será claro quién es la patrona.

SOLEDAD: En el pecho
la solapa,
corazón.

CLARA: No es un disfraz.
Verde elegante
gigante.

SOLEDAD: Mi nombre en sus vestidos.
Como las monjas nos enseñaron.

CLARA: Como las presas en el convento.
No se atreverán a mandarnos a prisión así vestidas.
¿Quién osaría tocarnos con estas medias?

SOLEDAD: La Señora en hilo esmeralda.

Todos los vestidos giran hacia el lado opuesto.

CLARA: Soy Madame enamorada de París.
La madre enamorada de los toros.

El pelo largo tendido.
El signo hostil,
el beso profuso.
Las manos entrelazadas en la Opera.

Aquí los ojos no valen nada.
Sólo hablan de una Reina:
la Virgen ametrallada.

“Las quiero impecables”

Es París enamorada de Madame
Es Madame enamorada de los toros,
de todos los homosexuales.

¡Mis vestidos!
¡Mis hijas viudas!
¡Mi fabulosa organsa!

Soy… alejada del sol,
La malherida.
Leche sorprendida entre los calabozos.

En un abrazo desafío maravillas.
Soy Madame enamorada de la Muerte.

Se oye zarpar un buque. 

Cuadro 6: REGRESO
Drásticos, se detienen los vestidos. Obedecen.

MADAME: Llevo tres días y sus noches desmayada, apartada de mí. Huyendo a galope de mi cuerpo, como quién desentraña un sueño, cayendo dentro de otro.

Abran las ventanas. Esparzan frutas sobres las mesas, colmen de fragancias cada cuarto. Una señal, tras otra.

Aún conservo la fiebre de la anestesia, la boca seca, el frío diseminado del combate. He rozado a la muerte. Me han reducido a un zumbido para que no me atrape.

Los médicos están absortos. Hablan de un milagro. Las probabilidades de regreso eran prácticamente nulas. Mi recuperación ha sido prodigiosa. He prosperado la respuesta. Resulto indescifrable.

¡Lloran mis fieles criadas! Lloran por el regreso de su Señora. La felicidad es una prenda imposible de ocultar. Yo sé que han temido por su futuro, pero podrán continuar atendiendo al Señor y a la Señora.  Así lo dispuso el Señor.

Regreso con mitad del cuerpo hecho estopa, pero le he dado cuerda nuevamente a los relojes. He quebrado los blindajes, si hasta un ciego podría notarlo. Mi única devoción has sido esterilizar el olvido. Cada centavo de la memoria me pertenece.

Desperté con las manos ensangrentadas. Debieron atarme, mi cuerpo se rebelaba. Intenté yo misma arrancar a ese ser horroroso. Llevo cicatrices. Costuras, que el tiempo sabrá reubicar en su exacta inconsistencia.

El cáncer ha permitido desprenderme de toda maleza. No sólo de aquél manojo inservible de células, sino del vicio al que el temor me sometía. Yo misma he parido a la muerte en un quirófano. La he pulverizado.

Aún cuando mis pulmones detenían mecánicos su labor, no deserté. Mi cabellera aún paseará por los calendarios. He aprendido a dentelladas a sumirla en mis silencios.

¡Con qué debilidad mi contrincante confió su victoria! Mi segundo nacimiento ha ocurrido, y no pienso atiborrarlo de excusas. La imperfección me ha levantado. Sólo existe una verdad: y es esta inmensa bienvenida.

Se eleva el primer vestidoSOLEDAD cae de rodillas.

SOLEDAD: No
aún no
le suplico
aquí
y aquí solo un poco.

En el codo
¿lo nota?
no me duele
claro que no

Apenas
apenas rojo
las ollas
igual que las ollas

Pulo
No me lo perdonaría
Cambia
¿verdad, que sí?

El olor de mis canillas
raspo
obsceno sabor mi dolor

El guardarropas de Madame
altar
cosa sagrada

Apenas rozamos
con la mirada
acariciamos

Indignas
jamás
jamás podríamos

Y ahora usted
el regreso
los médicos
el calor

No, Señora, no
Una señal tras otra
Un poco más
jamás

Jamás quisimos
nunca creímos
Disfraces
claro que sí
se lo juro
juramos

Mi hermana
mi hermana y yo

Aquí todas
la virgencita
envidan
que tenemos

No
aún, no…
le suplico

Se eleva el 2do vestidoSe jala de la cabellera, como si el cuello se le hubiese quebrado, y le fuera imposible mantener erguida la cabeza.

CLARA: Esa hiedra corrompe las estatuas del jardín.
Se aferra.
Tiñe su desgracia verde sobre el niño de la fuente.
Si hasta le hemos tenido que amputar un pie al desgraciado.
Debemos quemarla
con querosén.
Una planta no debe comportarse como una boa.

Se eleva el tercer vestido.

MADAME: ¡Qué perspicaz el alma que expele sus recuerdos! Me comentan de sus quehaceres, pero nada me subyuga, me pretende. ¿Quién sino una hembra, podía quebrar al Diablo hasta hacerlo tambalear como a un don Nadie?

Se eleva el cuarto vestido.

¡Mis pequeñas desviaciones! Mis hijas de la buhardilla, con sus pies diminutos, y sus espaldas austeras. El futuro obsoleto aplaude mi retorno.

Soy la Señora en sus vestidos. En mis cinco alivios.

Sube el  último vestido, y un alarido tiembla en las alturas. Giran sobre sus ejes los vestidos. Baile de ánimas. Música.

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